Entonces descubrí que no era el único
que sufría esa febril atracción por ella, y que ya no
era exclusivamente mía como lo había creído hasta
ese momento. Éramos treinta y dos vándalos apiñados
en un salón diseñado para veinte, y el curso más
revoltoso de la escuela. Sin embargo manteníamos una excelente
conducta durante las clases de literatura, lo que motivó comentarios
suspicaces en la sal de profesores, a tal punto que nos compararon
con los dulces y candorosos angelitos de estampitas religiosas.
Esas circunstancias me obligaron a tomar la delantera.
Al día siguiente, y para que mi propósito no se enfriara,
decidí escribirle una carta a la profe, declarándome
perdidamente enamorado de ella.
Para conquistarla, y sabiendo la devoción que
tenía por la poesía, busqué en un libro que creí
de Pablo Neruda, estos versos que cuidadosamente copié a mitad
de página: "Si al mecer las azules campanillas de tu balcón,
crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre
las verdes hojas suspiro yo".
Los días que siguieron fueron interminables.
Con impaciencia conté cada minuto que faltaba para la próxima
clase. Hasta que por fin llegó la hora, y contrariamente a
lo que yo aspiraba, Marisa entró al aula con la soltura juvenil
de siempre, y ordenó tomar una hoja:
Ahora voy a dictarles estas rimas de Becquer...dijo
tomando una de las tantas hojas que acomodó sobre su escritorio.
Para mi sorpresa, vi que el papel que tenía en
sus manos era nada menos que mi carta, cuyas rimas comenzó
a recitar mientras su mirada recorría toda la clase. Mi sangre
pareció congelarse, mientras un sudor frío corría
por mis costillas. "Está buscando al atrevido que la escribió"
pensé simulando serenidad.
Cuando nuestras vistas se encontraron, mi labio superior
comenzó a temblar nerviosamente. Creo que ella se dio cuenta,
pero continuó la clase como si no hubiera pasado nada y comenzó
a dictar: "Si al mecer las azules campanillas..."
Pero, señorita, ¿no es Neruda?
interrumpí electrizado.
No, alumno me respondió con toda
naturalidad es Becquer... y tomando otro papel prosiguió:
Neruda escribió así: "Mis palabras llovieron sobre
ti acariciándote, amé desde hace tiempo tu cuerpo de
nácar soleado..."
Luego, ante el asombro de todos, tomó una tercera
hoja y dijo:
Machado también escribió versos
tan bellos como estos: "Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera, tu voz en mi oído..."
Y después, tomando otra hoja y luego otra y otra
más, prosiguió recitando a García Lorca, Almafuerte,
Quevedo, Hernández...
Queridos alumnos dijo finalmente gracias
por sus trabajos. Ayer fue el día más feliz de mi vida.
Gracias por comprender mi locura poética... Espero que algún
día pueda decir de alguno de ustedes: "Ese gran poeta
fue alumno mío".
El silencio de la clase fue total, sólo se oía
el rumor del viento primaveral que se filtraba por la quebradura de
un vidrio; "deben ser los poetas que están de fiesta",
pensé.
José Brendan Wallace
©2001
Fiesta de poetas
Aquella mañana de octubre, Marisa Pelufo mi profesora
de lengua y literatura ingresó a tercero comercial con
su habitual encanto juvenil.
Entonces descubrí que no era el único
que sufría esa febril atracción por ella, y que ya no
era exclusivamente mía como lo había creído hasta
ese momento. Éramos treinta y dos vándalos apiñados
en un salón diseñado para veinte, y el curso más
revoltoso de la escuela. Sin embargo manteníamos una excelente
conducta durante las clases de literatura, lo que motivó comentarios
suspicaces en la sal de profesores, a tal punto que nos compararon
con los dulces y candorosos angelitos de estampitas religiosas.
Esas circunstancias me obligaron a tomar la delantera.
Al día siguiente, y para que mi propósito no se enfriara,
decidí escribirle una carta a la profe, declarándome
perdidamente enamorado de ella.
Para conquistarla, y sabiendo la devoción que
tenía por la poesía, busqué en un libro que creí
de Pablo Neruda, estos versos que cuidadosamente copié a mitad
de página: "Si al mecer las azules campanillas de tu balcón,
crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre
las verdes hojas suspiro yo".
Los días que siguieron fueron interminables.
Con impaciencia conté cada minuto que faltaba para la próxima
clase. Hasta que por fin llegó la hora, y contrariamente a
lo que yo aspiraba, Marisa entró al aula con la soltura juvenil
de siempre, y ordenó tomar una hoja:
Ahora voy a dictarles estas rimas de Becquer...dijo
tomando una de las tantas hojas que acomodó sobre su escritorio.
Para mi sorpresa, vi que el papel que tenía en
sus manos era nada menos que mi carta, cuyas rimas comenzó
a recitar mientras su mirada recorría toda la clase. Mi sangre
pareció congelarse, mientras un sudor frío corría
por mis costillas. "Está buscando al atrevido que la escribió"
pensé simulando serenidad.
Cuando nuestras vistas se encontraron, mi labio superior
comenzó a temblar nerviosamente. Creo que ella se dio cuenta,
pero continuó la clase como si no hubiera pasado nada y comenzó
a dictar: "Si al mecer las azules campanillas..."
Pero, señorita, ¿no es Neruda?
interrumpí electrizado.
No, alumno me respondió con toda
naturalidad es Becquer... y tomando otro papel prosiguió:
Neruda escribió así: "Mis palabras llovieron sobre
ti acariciándote, amé desde hace tiempo tu cuerpo de
nácar soleado..."
Luego, ante el asombro de todos, tomó una tercera
hoja y dijo:
Machado también escribió versos
tan bellos como estos: "Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera, tu voz en mi oído..."
Y después, tomando otra hoja y luego otra y otra
más, prosiguió recitando a García Lorca, Almafuerte,
Quevedo, Hernández...
Queridos alumnos dijo finalmente gracias
por sus trabajos. Ayer fue el día más feliz de mi vida.
Gracias por comprender mi locura poética... Espero que algún
día pueda decir de alguno de ustedes: "Ese gran poeta
fue alumno mío".
El silencio de la clase fue total, sólo se oía
el rumor del viento primaveral que se filtraba por la quebradura de
un vidrio; "deben ser los poetas que están de fiesta",
pensé.