- ¡Lo que nunca, don Paredes!... ¡Lo que
nunca!...- se lamentaba el rengo Cuenca que lo convidaba con un cimarrón-
¡Mandinga se ha desatao y anda campeando el pago, aparcero!
Los ojos grandes del negro brillaban en medio de la
oscuridad y delataba el pánico que había en el ambiente.
Sin terciar, el viejo se metió como un rayo en el boliche.
La paisanada se volvió sorprendida y el gaucho quedó
estático ante el patético cuadro: Sobre un charco de
sangre yacía Carmelito Pizarro con una profunda herida en el
pecho.
- ¡¿Quién jué elhijo´e
perra aijuna!?...- bramó el veterano hincándose junto
al cadáver del mocoso que parecía sonreír pícaramente
ante tamaño desastre.
La paisanada se abrió y el silencio se extendió
como oleada contagiosa; sólo se oía el chisporroteo
de los candiles que se esforzaban por alumbrar el lúgubre cuarto,
mientras los bramidos del viejo estremecían a los paisanos
que temían a los espíritus alborotados.
Con su cabeza apoyada en el pecho del purrete y un nudo
en la garganta que le impedía soltar el llanto atragantado,
Paredes le imploró a la muerte que le devolviera la vida. El
cuerpo frío del pibe oprimió su corazón y sintió
la necesidad de ahogar su pena, se fue al mostrador y de un saque
se mandó el agua ardiente, y sobre el pucho, pidió un
porrón. Cuando estaba a punto de empinarlo, el pecoso Farrell
se acercó esperando el convite.
- Decíme gringo, ¿quién mató
al Carmelito? - lo apuró el viejo.
- Decir verdá doun huan, mi no saber noting...
- respondió el pecoso duro de boca para hablar en criollo-
Guachito ir pescar big laguna...
- Tá bien, Tá bien... Andá ajuera
y tráime´l chifle y la chuspa de mi recao y preparáte
que vamoa salir a campear a esos jué hienas... - le ordenó
el viejo cansado de oír el trabalenguas del irlandés.
Acodado en el mostrador, observó aturdido los
movimientos del gauchaje. Él conocía a cada uno de esos
hombres rudos y violentos, y sabía que eran incapaces de semejante
canallada. Muchas grescas se armaron en el apostadero por alguna china
o una dudosa jugada de truco, pero nunca contra un angelito. Quiso
convencerse de que se trataba de un forastero, pero todo indicaba
que había indios rondando la zona. La paisanada instintivamente
lo sospechaba y estaba temerosa de una nueva estocada indígena,
azuzada por mandinga.
Con pánico las chinas abrieron las puertas y
las ventanas del rancherío, quemaron yuyos aromáticos
y encendieron velas para espantar los espíritus, en tanto las
lloronas rezaban un largo y penoso rosario alrededor del cuerpo amortajado
del finadito.
Carmelito, nieto mestizo de Rosas Epugmer, Cacique de
la dinastía Guor, era hijo de una cautiva que fue rescatada
por el fortinero Manuel Pizarro, cuando "Oreja Cortada"
atacó la tribu y la mujer logró salvarse con su hijo.
Pizarro se concubinó con ella y reconoció al pibe; al
poco tiempo lo mataron las hordas del Cacique Yanquetruz.
Cuando llegó el mediodía, las mujeres
atareadas preparaban mazamorra; la brisa tormentosa balanceaba los
finos ramales de los sauces llorones que despuntaban sus brotes primaverales,
mientras el tuerto Froilán entonaba con su guitarra una copla
lastimera y un grupo se entusiasmaba con las bochas. Un poco más
allá, detrás del caserío, se había armado
una partida de taba.
A la hora de engullir llegó el maestro fortinero
con una media docena de soldados mal entrazados. El vino, que corría
en abundancia, soltó las fantasías de viejas andanzas
y guapeadas, que confundían con hazañas.
Cuando el fulgor del sol se desvanecía alargando
las sombras de la pampa, los hombres discutían la muerte del
angelito. La rumoreada presencia de un reducto de indios fugados de
Ancalú se confirmó cuando el clarín del fortinero
anunció la presencia de un indio bombero frente al portón
de entrada.
- Son esos maulas... Son eyos los únicos que
pueden hacer semejante canayada... -repetía Paredes, cargando
culpas a la milicada por no custodiar el rancherío.
- ¡Los salvajes no joden más por estos
pagos, don Juan!... retrucaba el Capitán Ramón
Varela, a cargo del fortín- ¡Seguro que se trata de algún
desertor hambriento, o de una venganza!...- argüía en
su propia defensa mientras el gauchaje montaba y partía a todo
galope hacia el fortín. Cuando llegaron sólo quedaba
flotando una densa nube de polvo tras la veloz retirada del indio.
La treta indígena fue certera. Por la retaguardia
se mandó la horda salvaje al grito de guerra y en pocos minutos
la posta estaba rodeada. Entre la caballada espantada y los ancianos
y críos muertos y heridos, los indios raptaron a las mujeres
jóvenes, y al grito triunfal emprendieron su veloz carrera
hacia el poniente.
Cuando el sol agonizaba en el horizonte, las esbeltas
figuras bronceadas de los hijos de la pampa se iban hacia el infinito
de sus llanuras; ellos iban a buscar a sus dioses en el país
de los muertos.
José Brendan Wallace
Venado Tuerto (Santa Fe) - 00