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LLANURAS SALVAJES

José Brendan Wallace

"Cuando la tarde se inclina
Sollozando el occidente,
Corre una sombra doliente
Sobre la pampa argentina.
"Santos Vega"

El sol todavía no había asomado cuando el gaucho Juan Paredes montado en su alazán, enfiló derechito al trote lento hacia la posta "El Zapallar". Con sorpresa notó que algunos venados espantados saltaban entre los pajonales. Cuando llegó a la posta, el palenque estaba poblado de caballos; pensó que se trataba de una gran arriada. A un extremo del patio, la paisanada apiñada alrededor del fogón, mateaba conversando sigilosamente.

- Güenas y santas - saludó el recién llegado apeándose de su caballo.

- No tan güenas, aparcero... - contestó el tuerto Froilán.

- Y no tan santas...- acotó el negro Carrizo.

- ¿¡Qué ha pasa´o?!...- preguntó intrigado el anciano.

- ¡Lo que nunca, don Paredes!... ¡Lo que nunca!...- se lamentaba el rengo Cuenca que lo convidaba con un cimarrón- ¡Mandinga se ha desatao y anda campeando el pago, aparcero!

Los ojos grandes del negro brillaban en medio de la oscuridad y delataba el pánico que había en el ambiente. Sin terciar, el viejo se metió como un rayo en el boliche. La paisanada se volvió sorprendida y el gaucho quedó estático ante el patético cuadro: Sobre un charco de sangre yacía Carmelito Pizarro con una profunda herida en el pecho.

- ¡¿Quién jué elhijo´e perra aijuna!?...- bramó el veterano hincándose junto al cadáver del mocoso que parecía sonreír pícaramente ante tamaño desastre.

La paisanada se abrió y el silencio se extendió como oleada contagiosa; sólo se oía el chisporroteo de los candiles que se esforzaban por alumbrar el lúgubre cuarto, mientras los bramidos del viejo estremecían a los paisanos que temían a los espíritus alborotados.

Con su cabeza apoyada en el pecho del purrete y un nudo en la garganta que le impedía soltar el llanto atragantado, Paredes le imploró a la muerte que le devolviera la vida. El cuerpo frío del pibe oprimió su corazón y sintió la necesidad de ahogar su pena, se fue al mostrador y de un saque se mandó el agua ardiente, y sobre el pucho, pidió un porrón. Cuando estaba a punto de empinarlo, el pecoso Farrell se acercó esperando el convite.

- Decíme gringo, ¿quién mató al Carmelito? - lo apuró el viejo.

- Decir verdá doun huan, mi no saber noting... - respondió el pecoso duro de boca para hablar en criollo- Guachito ir pescar big laguna...

- Tá bien, Tá bien... Andá ajuera y tráime´l chifle y la chuspa de mi recao y preparáte que vamoa salir a campear a esos jué hienas... - le ordenó el viejo cansado de oír el trabalenguas del irlandés.

Acodado en el mostrador, observó aturdido los movimientos del gauchaje. Él conocía a cada uno de esos hombres rudos y violentos, y sabía que eran incapaces de semejante canallada. Muchas grescas se armaron en el apostadero por alguna china o una dudosa jugada de truco, pero nunca contra un angelito. Quiso convencerse de que se trataba de un forastero, pero todo indicaba que había indios rondando la zona. La paisanada instintivamente lo sospechaba y estaba temerosa de una nueva estocada indígena, azuzada por mandinga.

Con pánico las chinas abrieron las puertas y las ventanas del rancherío, quemaron yuyos aromáticos y encendieron velas para espantar los espíritus, en tanto las lloronas rezaban un largo y penoso rosario alrededor del cuerpo amortajado del finadito.

Carmelito, nieto mestizo de Rosas Epugmer, Cacique de la dinastía Guor, era hijo de una cautiva que fue rescatada por el fortinero Manuel Pizarro, cuando "Oreja Cortada" atacó la tribu y la mujer logró salvarse con su hijo. Pizarro se concubinó con ella y reconoció al pibe; al poco tiempo lo mataron las hordas del Cacique Yanquetruz.

Cuando llegó el mediodía, las mujeres atareadas preparaban mazamorra; la brisa tormentosa balanceaba los finos ramales de los sauces llorones que despuntaban sus brotes primaverales, mientras el tuerto Froilán entonaba con su guitarra una copla lastimera y un grupo se entusiasmaba con las bochas. Un poco más allá, detrás del caserío, se había armado una partida de taba.

A la hora de engullir llegó el maestro fortinero con una media docena de soldados mal entrazados. El vino, que corría en abundancia, soltó las fantasías de viejas andanzas y guapeadas, que confundían con hazañas.

Cuando el fulgor del sol se desvanecía alargando las sombras de la pampa, los hombres discutían la muerte del angelito. La rumoreada presencia de un reducto de indios fugados de Ancalú se confirmó cuando el clarín del fortinero anunció la presencia de un indio bombero frente al portón de entrada.

- Son esos maulas... Son eyos los únicos que pueden hacer semejante canayada... -repetía Paredes, cargando culpas a la milicada por no custodiar el rancherío.

- ¡Los salvajes no joden más por estos pagos, don Juan!... –retrucaba el Capitán Ramón Varela, a cargo del fortín- ¡Seguro que se trata de algún desertor hambriento, o de una venganza!...- argüía en su propia defensa mientras el gauchaje montaba y partía a todo galope hacia el fortín. Cuando llegaron sólo quedaba flotando una densa nube de polvo tras la veloz retirada del indio.

La treta indígena fue certera. Por la retaguardia se mandó la horda salvaje al grito de guerra y en pocos minutos la posta estaba rodeada. Entre la caballada espantada y los ancianos y críos muertos y heridos, los indios raptaron a las mujeres jóvenes, y al grito triunfal emprendieron su veloz carrera hacia el poniente.

Cuando el sol agonizaba en el horizonte, las esbeltas figuras bronceadas de los hijos de la pampa se iban hacia el infinito de sus llanuras; ellos iban a buscar a sus dioses en el país de los muertos.

José Brendan Wallace
Venado Tuerto (Santa Fe) - 00

El Rincon de Jose

Jose Brendan Wallace

josewallace@powervt.com.ar